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miércoles, 25 de mayo de 2016

Entre Beltrán y ‘El Chapo’ Optaron gemelos por la DEA


Cd. de México. A los 27 años, los gemelos Pedro y Margarito Flores parecían no tener límites: en unos cuantos años habían logrado controlar la venta y distribución de heroína y cocaína en Chicago y sin sangre de por medio. Cuando secuestraron a Pedro, Margarito pagó el rescate y su hermano regresó vivo. Cuando la justicia estadunidense los empezó a buscar, cruzaron la frontera, se establecieron en México y siguieron creciendo el negocio. Pero cuando sus proveedores Joaquín El Chapo Guzmán y Arturo Beltrán Leyva les pusieron, cada uno por su cuenta, un ultimátum sobre su lealtad y pertenencia, los gemelos no supieron con quién irse.
Hasta entonces Guzmán Loera, Beltrán Leyva e Ismael El Mayo Zambada operaban como La Federación, pero en 2008 su relación se había roto y la guerra entre ellos por el territorio comenzaba: Los Beltrán se aliaban ahora contra Los Zetas. Unos y otros fueron claros con los gemelos Flores: o estaban con El Chapo o contra él, o estaban con los Beltrán Leyva o contra ellos.
Y ahí, Pedro y Margarito, exitosos narcotraficantes mexicoamericanos de los más bravos barrios de Chicago, tuvieron miedo. Una cosa era negociar y estar protegidos por los poderosos capos, y otra ser enemigos de alguno de ellos.
En vez de responder a uno u otro, llamaron a sus abogados, y sus abogados a la DEA: los hermanos Flores prefirieron cooperar con las autoridades estadunidenses e ir a la cárcel que enemistarse con El Chapo o Beltrán Leyva, de acuerdo con documentos del expediente y a una entrevista que MILENIO tuvo con el fiscal que construyó el caso.
A los cuatro años, Pedro y Margarito conocieron el negocio de la droga: su padre, Margarito Senior, un inmigrante mexicano en Chicago, los usaba como halcones. Cuando cumplieron 17 años, su hermano mayor los metió de lleno al narco. Como lo habían hecho con todo en la vida, también en esto los gemelos eran uno solo y complemento del otro.
Pedro era más sociable, Margarito mejor administrador; uno se encargaba de importar la droga y el otro de distribuirla; uno de las relaciones públicas, el otro de la logística. En un año pasaron a ser mayoristas en Chicago y poco después mandaban coca y heroína a Cincinnati, Nueva York, Filadelfia, Los Ángeles, Detroit y hasta Vancouver, en Canadá. “Eran buenos hombres de negocios y no cayeron (presos)”, dice Thomas Shakeshaft, el ex fiscal federal de Chicago que llevó el caso. “¿Por qué eran tan buenos? Porque hacían tratos, no eran violentos y por lo tanto se mantenían bajo el radar”.
Shakeshaft pasó años rascando en la vida criminal de los gemelos -para poder utilizarlos como testigos tiene que conocer y hacer pública toda su historia delincuencial. No encontró nada que no fuera narcotráfico.
En el año 2000, a los 19 años, Pedro y Margarito tenían una gran operación desde Chicago y mucho, mucho dinero, casi sin hacer ruido.
“Es sabido que la violencia en esto muchas veces viene de la falta de pago de una deuda; pero los hermanos eran tan buenos en esto que si alguien no les pagaba, simplemente le dejaban de surtir”, dice el ex fiscal en entrevista telefónica.
Hasta 2003: una investigación de la fiscalía de Wisconsin sobre varios traficantes llegó hasta ellos como los proveedores. Pero los gemelos fueron más rápidos: huyeron antes de ser detenidos.

Relato
“En 2003 fui de vacaciones a México. Allá decidí que sería mejor quedarme que regresar a Chicago. Poco después (2004) Pedro hizo lo mismo. Antes de que Pedro dejara Chicago hicimos arreglos para continuar vendiendo cocaína en Estados Unidos a través de una red de distribución y recolección de dinero que nos permitía operar desde México... Nuestra organización siguió creciendo”, dijo Margarito en una declaración ante un gran jurado, en 2009.
Pedro y Margarito se establecieron en Guadalajara. Desde ahí operaban con tres grupos: el primero, de los proveedores mexicanos de cocaína y heroína que los gemelos vendían en Estados Unidos; el segundo, de sus empleados en Estados Unidos que recibían la droga, la distribuían a sus clientes, cobraban, empacaban el dinero y lo enviaban a los Flores a México; el tercer grupo eran los clientes de mayoreo, unos 30, en ocho ciudades, según documentos judiciales.
El negocio crecía y los Flores hacían relaciones en México con narcotraficantes de medio nivel. El parteaguas ocurrió en algún momento de 2005, cuando Pedro conoció a Alfredo Vázquez en una agencia de autos. Se lo presentó quien dijo ser guardaespaldas de Guzmán Loera. Alfredo le dijo que era compadre de El Chapo, padrino de su hijo Alfredillo y responsable de la logística del cártel. Unos meses después Pedro se lo presentó a Margarito en un hospital de Guadalajara, donde Alfredo se recuperaba de una cirugía plástica. Luego conocieron a su esposa, que lo ayudaba en la transportación de droga de Colombia a México en trenes y submarinos, y de efectivo de Estados Unidos a México.

Reunión con “El Mayo”
En mayo de 2005 los hermanos recibieron un mensaje: El Mayo quería verlos en Culiacán. En reuniones que duraron varios días con El Mayo y su hijo Vicente Zambada llegaron a un acuerdo: a consignación, El Mayo les surtiría cada kilo por alrededor de 20 mil dólares y quedaba bajo su responsabilidad la droga mientras era transportada —en caso de robo o incautación—; en general los gemelos respondían por la mercancía cuando llegaba a puerto en Estados Unidos. Antes el riesgo lo corría El Mayo. El lugar habitual era Chicago (aunque a partir de 2008 también recibían droga en Los Ángeles).
El tercer día de reuniones, El Mayito les informó que El Chapo quería verlos.
Los subieron a un avión cerca de Culiacán y los llevaron a un complejo en la cima de una montaña. Ahí vieron por primera vez al hombre de la leyenda: Joaquín El Chapo Guzmán. Con él no hubo negociación, el capo les informó: el mismo acuerdo que habían hecho con El Mayo lo harían con él.

Los socios
Mientras los Flores se asociaban con el narcotraficante más buscado del mundo, en Chicago arrancaba una investigación para desmontar redes de tráfico de cocaína en esa ciudad.
Shakeshaft, el fiscal del caso, no tenía idea de hasta dónde llegaría su investigación. La policía y la fiscalía fueron de los pequeños menudistas hacia arriba en la escalera de la distribución, hasta que llegaron a los gemelos Flores, los tipos que distribuían hasta mil 500 kilos de cocaína al mes. Pero para entonces los gemelos ya estaban en México haciendo grandes negocios.
En Guadalajara, Pedro y Margarito compraban cocaína a El Chapo, El Mayo y los Beltrán Leyva. El flujo eran tan grande que muchas veces tenían que esperar que llegaran los cargamentos de Sudamérica. Según sus declaraciones, El Chapo transportaba coca en submarinos, trenes, camiones, botes y en aviones 747. Una conversación grabada en casa de Pedro, en la que Margarito, Alfredo y otros socios hablan sobre 200 kilos de cocaína que los gemelos enviarían pero que aún no les surtían, fue más o menos así:
Pedro: Cuando lleguen las cosas (de Sudamérica), ufff, me voy a comprar un… Me voy a comprar uno de esos carros (antes hablaban de autos Lamborgini y Porsche)
Alfredo: Cuando llegue…
Pedro: No me asustes, wey.
Margarito: Está de la chingada ¿no?
Alfredo: No. (El Chapo) Mandó un 747.
Pdero: ¿Pero es un avión personal o qué?
Alfredo: De carga, grande.
Pedro: ¿747?
Alfredo: No tiene asientos ni nada.

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